Creo que el periodismo más genuino es aquel que, a la manera de Addison, Steele o Defoe, se dedica a solucionar los problemas de la sociedad, es decir, a hacer esta mejor y más justa y, por lo tanto, feliz. En mi opinión, tradicionalmente este tipo de periodismo ha tenido un marco nacional pero ahora, debido a diversos factores, ha adquirido también una dimensión mundial. Básicamente, podemos viajar a donde queramos e intentar contar y ayudar a solucionar los males de donde hayamos recalado. Sin embargo, en multitud de casos, éstos hacen palidecer a los de la Europa de los siglos XIX y XX ya que la opresión a la que se ven sometidos los desfavorecidos va más allá de la elegancia de la burguesía oligárquica nacional de antaño. Ahora, en la mayoría de países en desarrollo, deseado o no por sus gobernantes, a este yugo autóctono –cuya corrupción es bestial- se une el de la economía internacional. Juntos conforman ejércitos y policías nutridos por poblaciones en franca crisis de identidad, lo que, además de una tecnología mucho más efectiva, les hace aumentar su brutalidad. Finalmente, tenemos los intereses del crimen organizado, cuyo poder coercitivo es tremendo y, en el peor de los casos, su variante de los señores de la guerra. En definitiva, el camino de estas sociedades hacia su dignidad es más difícil y el riesgo que los periodistas corremos al contarlo y ayudar a que lo recorran, mucho mayor.
En estos países llenos de luchadores –en ningún caso pobrecitos-, en donde matar queda impune -en El Salvador o Guatemala, por ejemplo, quedan sin resolver más del 95 % de los asesinatos- se bate lo más valiente de la profesión periodística. A veces, sobre todo los periodistas nacionales, son derrotados y mueren.
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