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lunes, 1 de febrero de 2010

LA VIDA LOCA




Durante casi un año y medio, el director Christian Poveda se infiltra en una de las llamadas maras salvadoreñas, pandillas que se enfrentan entre sí con gran violencia, integradas por jóvenes tatuados de la cabeza a los pies que se dedican principalmente a la extorsión, al robo y al tráfico de drogas.


En la colonia La Campanera, en Soyapango, "La vida loca", filmada con cámara al hombro, recoge la cotidianidad de miembros de una de las principales agrupaciones pandilleras de El Salvador, La Mara 18, que se caracteriza por tener su propio lenguaje, tatuajes, códigos y elevados niveles de agresividad, violencia y criminalidad. Esta pandilla y la Mara Salvatrucha, iguales una y otra en crueldad, impulsadas por la negación de todo y la muerte, viven una guerra sin piedad.

Algunos de estos jóvenes fueron asesinados en el transcurso de la grabación, tal y como muestra el documental.En América Central se les llama maras y son una copia del modelo de las pandillas de Los Ángeles creadas por los salvadoreños que emigraron durante la guerra civil a principios de los años 80.

Allí surgieron la Mara Salvatrucha y la Mara 18, las dos principales pandillas que se enfrentan hoy día y entre las que no existe diferencia ideológica o religiosa que pueda explicar esta lucha a muerte, esta lucha que enfrenta a pobres contra pobres.
Temática: Sociedad
Dirección: Christian Poveda
Duración: 1h,29m
Año: 2008
Calificación moral: No Rec. Menores de 18 años.

domingo, 31 de enero de 2010

Vida loca - Javier Romagosa Morán

Creo que el periodismo más genuino es aquel que, a la manera de Addison, Steele o Defoe, se dedica a solucionar los problemas de la sociedad, es decir, a hacer esta mejor y más justa y, por lo tanto, feliz. En mi opinión, tradicionalmente este tipo de periodismo ha tenido un marco nacional pero ahora, debido a diversos factores, ha adquirido también una dimensión mundial. Básicamente, podemos viajar a donde queramos e intentar contar y ayudar a solucionar los males de donde hayamos recalado. Sin embargo, en multitud de casos, éstos hacen palidecer a los de la Europa de los siglos XIX y XX ya que la opresión a la que se ven sometidos los desfavorecidos va más allá de la elegancia de la burguesía oligárquica nacional de antaño. Ahora, en la mayoría de países en desarrollo, deseado o no por sus gobernantes, a este yugo autóctono –cuya corrupción es bestial- se une el de la economía internacional. Juntos conforman ejércitos y policías nutridos por poblaciones en franca crisis de identidad, lo que, además de una tecnología mucho más efectiva, les hace aumentar su brutalidad. Finalmente, tenemos los intereses del crimen organizado, cuyo poder coercitivo es tremendo y, en el peor de los casos, su variante de los señores de la guerra. En definitiva, el camino de estas sociedades hacia su dignidad es más difícil y el riesgo que los periodistas corremos al contarlo y ayudar a que lo recorran, mucho mayor.

En estos países llenos de luchadores –en ningún caso pobrecitos-, en donde matar queda impune -en El Salvador o Guatemala, por ejemplo, quedan sin resolver más del 95 % de los asesinatos- se bate lo más valiente de la profesión periodística. A veces, sobre todo los periodistas nacionales, son derrotados y mueren.